Se supone

Solemos ser más duros con las personas que menos merecen nuestros reproches. Nuestras palabras más hirientes las proferimos en contra de aquellos que, otrora, le dieron a nuestra boca motivos para sonreír. Se supone que, por el contrario, nuestra rabia debería tener como destino a aquellas personas que nunca han sido buenas con nosotros. Se supone que las buenas acciones del pasado pesan más que los pequeños errores de hoy. Se supone que debemos perdonar las heridas de ahora en nombre de las caricias de ayer. Sí, se supone. Damos por sentado que el cariño nos auxiliará en la traición del amigo, en la humillación del amante, en el desprecio del ser amado.
Sin embargo, la rabia y la frustración, por más que escuchen los gritos sordos de la conciencia, no nos dejan en paz. Para estas dos señoras, preciso es vengarse, escupir el dolor, manchar la paz de la buena persona que hoy nos traiciona. Y así, alentados por nuestra desesperación, hallamos una especie de fruición sádica en vilipendiar a quien nos hizo ver la vie en rose unas semanas atrás.
¿Por qué sucede esto? La respuesta es una perogrullada. Bien sabemos que sólo hay decepción cuando esperamos algo.El mero nombre de esa persona que tanto nos quiso supone para nosotros lo mejor que la vida nos puede dar: comprensión, aliento, ayuda, confianza, perdón, lealtad. Cuando no recibimos eso, nos metamorfoseamos en monstruos. Las acciones más crueles y perversas nos manejan, y ya no somos más que marionetas. 
Aún sabiendo todo esto, la mente no concibe pensamiento sensato alguno. No nos detenemos: los insultos van y vienen, los manotazos hacen el decorado de la habitación, los gritos ponen a la paz de patitas en la calle. Sentencia inexorable es esta. Acabamos por ser afables con las peores personas, con nuestros enemigos. Sí, nos sentiremos injustos y cobardes, pero no nos es posible reaccionar de otra forma. No por ahora; con el tiempo la rabia y la crueldad cesan, pero quizá ya sea demasiado tarde.



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